En este cuento breve se relata los últimos tres días de un hombre, los cuales están atravesados por una serie de frases y leyendas que ha leído en carteles publicitarios, etiquetas de bebidas alcohólicas y de la misma televisión que intervienen en el desarrollo de la línea de sucesos. Entre las cosas a destacar, se ve cómo el personaje afronta su realidad haciendo ingresar temas que van desde la amistad, el cansancio y la muerte, en especial, en uno de sus aspectos más interesantes: la muerte voluntaria. Dotado de una brevedad necesaria, en este cuento se ve una toma de decisión, la cual, deja abierta la posibilidad al lector de poder interpretarla. Entre otras cosas, podría ser considerado este breve cuento como el cierre a una historia que abre, a su vez, el camino a muchas otras.

A mi amiga, Jade.

La oscuridad cesó de golpe.

Entre dos miedos: la luz y la oscuridad

La oscuridad cesó de golpe, sus ojos se abrieron y pudo comprender que de un golpe volvió a la realidad y a ser el mismo de todos los días. Comenzaba otra semana de monotonía en aquel vecindario de tonos grises, él apenas se estaba levantando de su cama nada modesta y caminando a su baño bastante lujoso. No hizo más que mirarse en el espejo y ver un rostro cansado y ojeroso. Al salir del baño tomó un trago de una botella de alcohol que está en una de las mesas camino a la puerta. Salió a la calle, un tanto concurrida por el horario. Mientras iba en su auto, casi llegando al trabajo, vio una serie de carteles publicitarios nuevos colocados en el camino. Al llegar vio a varios de sus compañeros, los cuales en secreto, lo odiaban por aquellas razones estrictamente relacionadas al ámbito laboral. A pesar de ello, estimaba que esos seres en potencia podrían devenir “humanos”. Recordó la leyenda en uno de los carteles:

“¡Sea feliz, compre chocolates Stuart!”.

Ya en el trabajo, la conversación, medianamente humana, que tuvo con sus compañeros contuvo algunas preguntas sinceras: — ¿Cómo estás? -pregunto uno de sus compañeros. Pareció realmente honesta esa pregunta, sin embargo eso no duró mucho. Le siguió otra pregunta por parte de otro, buscando crear alguna reacción y resultando de carácter insustancial, — ¿Por qué sigues trabajando aquí si tienes “buena pasta”? Sólo atino a dar una mirada que respondió por él: — Disculpen, tengo que retirar unos papeles. Vino a su mente una frase que leyó en uno de las botellas que tenía en su casa:

“Un momento para usted, un momento único al lado de “Lieber”, su bebida de mesa”.

Terminaba el día y su cansancio era el mismo desde el inicio del día. El cansancio siempre lo acompañó. —Nací “cansado”, -se decía a sí. Al llegar a su casa se puso a pensar en los pequeños momentos en los cuales ese “cansancio” se sintió en menor medida. Uno de ellos fue cuando habló con aquella mujer tan comprensiva, otro cuando pasó por una vidriera de una gran librería de camino a casa donde vio un título que le llamó la atención; otro al por fin darles un “hasta luego” a sus “amigos”.

“¡Termine su día con la mejor programación! Esta noche el mejor programa, 'La casa de Kreps'”.

Se escuchó en la televisión antes de apagarla. Luego se acostó en su cama. La noche parecía tranquila. Estaba a punto de dormirse. Eso lo tranquilizo más ya que sabía que ingresaría en aquel lugar donde su “cansancio” cesaba temporalmente. Incluso el cansancio necesita “descansar”.

Amaneció y sabía que tenía que ir a trabajar. Se paró de la cama y se preparó un pequeño desayuno. Cosa un poco rara, ya que no bebió un sorbo de alcohol en la mañana. Ya cerca de la puerta, decidió pasar por la librería a buscar aquel libro que le atrajo ayer. Lo compró e intentó leerlo en su pausa de comida (a pesar de estar en un lugar abierto y con el hecho de que  sus “amigos” hablen, logró concentrarse). Logró leer gran parte del libro, seleccionando las  partes que le intereso y marcándolas. Luego de ello, quedó en silencio un momento con un gesto indescifrable. Al final del horario de trabajo se despidió de sus “amigos” y al llegar a su casa prendió la computadora. Realizó una búsqueda estricta, sabía lo que buscaba. Consiguió un número de teléfono, habló por alrededor de veinte minutos y cortó. Salió a la calle a hacer un pago y llegó a su casa con una sonrisa. Fue a su heladera, abrió su mejor botella de alcohol, cocinó su mejor receta y leyó lo que le faltaba por terminar del libro. Al terminar, solo  atino a acostarse. Encendió la televisión y su programación estaba a mitad de un comercial:

“Termine su noche de la mejor manera. Ya viene La noche con Ytar”.

Se levantó, desayuno y partió hacia su trabajo. Allí lo esperaba “aquel trabajo” de todos los días, sus “amigos” de todos los días, su “yo” de todos los días. Habló de temas cotidianos con sus compañeros de trabajo. Llegó la hora del almuerzo, tenía el suyo en mano, su libro y nada más. Mientras sus compañeros le hablaban de trivialidades, él con una sonrisa les daba ánimos para que continúen hablando. Miró su reloj y levantó un poco la cabeza. Un momento exacto, una hora, unos minutos, un espacio determinado. Pensó en aquel cartel que vio anteayer y en lo dulce que podría llegar a ser dicho chocolate:

“¡Sea feliz! Compre chocolates Stuar”.

Con su almuerzo en manos y su libro, también, cayó de frente al piso. Frente a las caras estupefactas de sus compañeros se derrumbó un ser. El libro que sostenía se teñía con aquel líquido rojo que brotaba, sin dejar que su título se corrompa, el cual fue realmente interesante de leer. Tan interesante que en aquel momento ni siquiera fue leído por sus compañeros. Entre reacciones inesperadas y caras estupefactas se alcanzó a leer: “Cuando los ojos se cierran, la luz cesa de golpe”.

Todo su ser se encontraba dispersado en el suelo, una flecha lo sacó del mundo, está atravesaba su rostro.