Resumen: En esta pequeña historia encontramos una de las tradiciones pasadas de generación en generación que es la realización de cobijas en telares a base de lana de borrego. Logramos ver desde la perspectiva de una niña pequeña cómo es que las personas, al crecer, olvidamos lo fácil que puede ser para un niño elaborar las cosas aunque estas estén mal hechas; siempre logran cautivar a los mayores con sus ocurrencias. Lo mismo ocurre dentro del relato, pues al ver las cosas tan extrañas que realiza su abuelo no logra comprender qué es lo que él quiere hacer.

Te veo llegar y dices que tejerás, te imagino con hilos de colores y con unos enormes ganchos en las manos. — como cuando mamá tejía chambritas para bebés, o como las abuelitas de las caricaturas que sentadas todo el día, tejen suéteres para sus nietos, o quizás el método de las arañas sea más fácil; si quieres les preguntamos… Tú simplemente sonríes ante las cuestiones que te propongo; en ese entonces no sabía que realmente eran ridículas, ahora lo sé. — vamos a urdir — ¿urdir? ¿Qué es eso? — urdir la lana

Es lo único que me dices. Yo no comprendo qué es lo que quieres decir, pero tú, como todo un jovencito, vas en movimiento dando vueltas de un lado a otro.

— Abuelito, ¿estás seguro que lo estás haciendo bien?

Me miras pareciendo un poco confundido. — ¿por qué lo preguntas? — porque mientras más te veo creo que haces las cosas como las arañas que dan vueltas y vueltas, pero ellas dan forma a sus hilos; en cambio, en tus enredos no encuentro la forma, solo veo que das vueltas y vueltas, no comprendo qué es lo que saldrá de ahí.

Sonríes nuevamente. — ya lo verás, ya lo verás.

Es lo único que me dices. De repente dejas de dar vueltas y le pides ayuda a mamá para que saquen con cuidado tus enredos. ¿Cómo es que sacan con cuidado unos enredos? no lo entiendo. Los pones en un pedazo de madera; más bien parece una espada o un pan de esos que comen los franceses por lo gordo que se ve. — El primer paso está listo.

Pero sigo sin comprender nada.

Volvemos al pequeño patiecillo de la casa, en donde encontramos nuestro escenario, donde bailaba al lado de mis hermanas y cantábamos a viva voz como si no hubiera un mañana. Colocas tus enredos en donde se encontraba nuestro escenario y que ahora se convierte en tu telar. Comienzas a unir trozos de lana uno con otro, como si tus enredos se convirtiesen en algo magnífico, y en ese momento comprendí la forma que tus enredos querían dar y yo no lograba ver: los hilos de lana se van convirtiendo en uno solo, como si con tu sola presencia ellos supieran qué hacer.

Veo cómo quedan unidos todos los trozos de lana y ahora ya no es un enredo; parecen como si hubieses cepillado una larga cabellera y realmente se ve hermosa. Comienzas a ajustar tu telar, para poder dar una nueva forma a los hilos de lana. Veo cómo envuelves más lana en pequeñas varas de madera y las vas formando una por una hasta que estas se te acaban. Entro en el telar y te acomodas en lo que parece ser tu asiento, tomas una de las varas de lana y comienzas a tejer. Debo admitirlo: nunca pensé que el telar funcionara así, que la lana podría dar forma a cosas realmente extraordinarias; que un telar, con ayuda de las manos y la sabiduría del abuelo, podría dar algo que yo simplemente ignoraba. Que a pesar de los años el abuelo aún podía recordar las técnicas de tejido que le fueron heredadas por sus antepasados y que, a sus 77 años, aún lo recuerda como si el ayer nunca hubiese pasado y, como todo un joven, logra crear estas cobijas que me mantendrán calientita en las noches de frío y que cuando la soledad se acerque a mí, me abrigaré en ellas y podré sentir la presencia del abuelo que siempre me acompañará, así como los bellos momentos que pasé en mi niñez junto a él y sus enseñanzas.