Su espíritu era fuego. Cuando digo fuego, quiero decir incontenible, descuidado y no le importaba quemar, puesto que el no salía herido. Su mente estaba inquieta. Cuando digo inquieta, quiero decir astuto, inteligente, siempre en busca de más, puesto que no se conformaba con menos. Su alma estaba varada. Cuando digo varada, quiero decir que estaba solo, puesto que aún no encontraba su amor verdadero. Él era un océano que se congelaba lentamente, porque aún no encontraba un sol que le proporcionara calor. Era una rosa ordinaria en busca de una azucena extraordinaria. Él encontró su corazón en los ojos tormentosos de una mujer. Encontró consuelo en la fragancia de flores en su cabello. Encontró fuerza en su rostro, pues quería ser quien la ayudará. Reunió partes de sí mismo y se las dio a la mujer que no quería ser salvada sino entendida. Él se sorprendió al saber hasta qué punto estaba dispuesto a ir, sólo para darle a esa mujer algo de alegría en su corazón dañado. Cuando llegó a conocerla y aprendió sobre sus raíces, sus pensamientos más oscuros, sus momentos más profundos, no apartó la mirada, porque todo lo que vio fueron pétalos en flor, una mente hermosa y una sonrisa contagiosa, porque ella la mujer que a pesar de todo lo malo en su alma, aún le regalaba al mundo su sonrisa. Él vio perfección en ella, cuando todo lo que ella notaba en sí, eran defectos. El corazón de ella era una tierra vacía, por lo que hizo un brillante jardín con semillas. Él la ayudó, pues era el océano de donde provenía su agua, el brillo de su luz, el crecimiento en sus flores. Juntos, eran oscuridad y luz, eran una brisa, eran fuerza. Juntos, hicieron posible que hubiera un campo de flores crecientes. Él era suyo, espíritu, mente y alma. Porque ya no quemaba, sino brillaba. Porque estaba tranquilo, pues había encontrado todo lo que estaba buscando. Porque ya no estaba varado, pues había encontrado su amor verdadero y ahora, juntos, fluían en grandes y hermosas olas.